Rafael

Os dejo mi último artículo de opinión en andalucesdiario.es sobre una persona que conocí en una cafetería en Nochebuena.

cafe

“Rafael”

Lo conocí en Nochebuena. Tendría unos cincuenta y tres años.

Muerta de frío, acudí con una amiga a una cafetería el 24 de diciembre, cerca de la hora de cierre. Allí estaba, sentado en la barra del bar. Y miraba hacia los lados. Sólo movía los ojos, sin girar la cabeza. E, inmediatamente, después dirigía su vista al frente. La dependienta de la cafetería, mientras limpiaba los platos, lo llamó. Rafael estaba en el último asiento de la barra, junto al fregadero. Pero para él debía ser la mejor zona en la que había estado desde hacía mucho. Podía sentir la calefacción y un asiento lo elevaba del frío suelo al que nadie puede acostumbrarse. Allí se terminaba el café con leche al que le habían invitado por Navidad. A su lado, con chaqueta, un jefe de un centro comercial saboreaba una cerveza a la vez que dirigía un baile de miradas entre la camarera y Rafael, destilando arrogancia y superioridad.

Todos los clientes apuraban las horas antes de compartir mesas con sus familiares, mientras Rafael sabía que nadie le esperaba. Vestía un chándal, desacorde la sudadera con el pantalón. Las zapatillas deportivas estaban algo sucias y roídas. Pero daba igual. Su mirada reflejaba que sentía no pertenecer a aquel lugar. No porque no lo mereciese, sino porque el sistema le condena, ni siquiera, a poder pisar una simple cafetería. Pero él sabía que allí estaba por poco tiempo. Horas antes, personas como él, habían recogido alimentos en una interminable cola, en familia, con sus hijos. Algo que llevarse a la boca en la cena de Nochebuena.

Ni siquiera el calor de la cafetería podía evitar el escalofrío que produce la desigualdad. Valoras si incluso dentro de diez, quince o veinte años, cuando te haya quedado una pensión paupérrima (si es que la alcanzas) no te verás en la misma situación que él. Y el temblor da paso inmediato a la indignación. Porque Rafael y todos los que sufren la desigualdad y la pobreza no existen sólo en Navidad o en Nochebuena. Porque Rafael no necesitaba un café. Lo que realmente habría necesitado era una oportunidad en su vida. El trabajo permite un hogar y un plato de comida. Aporta dignidad, autoestima y posibilidad de crear una familia. Cuando un eslabón de esta cadena se rompe, se condena al ser humano a la miseria.”

Seguir leyendo en andalucesdiario.es

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